EL TESORO DE GUAYMAS

Una granja high-tech revive la tradición de cultivar perlas en el Mar de Cortés

A high-tech farm revives the tradition of growing pearls in the Sea of Cortes

TEXTO DE Roberto Uría
FOTOGRAFÍA DE Douglas Mclaurin

Implante de una perla ptera nava

Una granja high-tech revive la tradición de cultivar perlas en el Mar de Cortés

Rozan, acarician, destellan, se bañan en los aceites naturales de la piel humana para estar saludables y, con sensualidad desbordada, lustran cuellos, muñecas y manos: son las perlas. Blancas, grises, negras y tornasoladas, a lo largo de los siglos han fascinado a la humanidad y, en especial, a las mujeres, que siempre han soñado con poseer al menos una auténtica. Las perlas son sinónimo de opulencia y poder. No hay corona de rey o reina que no tenga perlas, sobre todo blancas, el color de la esencia aristocrática y real. Tan intenso ha sido el romance del hombre con las perlas que, no satisfecho con las que la naturaleza le ha dado espontáneamente, optó por cultivarlas.

En el continente americano, los aztecas, mayas e incas las usaban en los altares religiosos y en la indumentaria de la nobleza. En el período colonial, los galeones zarpaban con cofres tan rebosantes de ellas que hacían palidecer el oro y la plata. Los europeos llamaron al Nuevo Mundo “Tierras de perlas” . En este continente perlado el Golfo de California ha sido clave. Su actividad ha hecho de México uno de los productores y exportadores de perlas más importantes.

PIONEROS EN EL MUNDO

Contrariamente a lo que se piensa, el cultivo de perlas no comenzó en China o Japón, sino en México. José Gastón Vivés estableció en 1893 la Compañía Criadora de Concha y Perla de la Baja California. Su granja llegó a tener hasta diez millones de ostras y mil empleados de tiempo completo. Las perlas, de reconocida belleza, se exportaban a las más remotas latitudes del planeta hasta que en 1914, en plena pujanza empresarial, las instalaciones fueron arrasadas por las tropas del ejército constitucionalista. Con la destrucción de la ostricultura, se pasó a la pesca intensiva y abusiva de las ostras naturales, hasta que una epidemia misteriosa devastó la industria quedando anulada la exportación.

Sin embargo, las perlas del Mar de Cortés estaban destinadas a renacer. Así fue como en enero de 2000, tras un proyecto de investigación sobre el cultivo de moluscos del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), que comenzó en 1996, se fundó una granja. Fruto del proyecto ITESM/Perlas de Guaymas, esta instalación, entre Hermosillo y Ciudad Obregón, es considerada la primera granja comercial de perlas marinas de cultivo en el continente americano y la única en el mundo que las cultiva utilizando una ostra perlera especial: la concha nácar o Pteria sterna. La creación es absolutamente espectacular pues integra la última tecnología con las tradiciones más delicadas, como lo prueban las intervenciones quirúrgicas para implantes y el lavado a mano de las ostras cada dos meses. Todo el proceso de cultivo hasta la cosecha puede alcanzar los cuatro años. La dedicación ha resultado en el reconocimiento internacional.

EL FUTURO DE LA PERLA MEXICANA

En 2004, la empresa se hizo independiente y se registró como Perlas del Mar de Cortez (www.perlas.com.mx, Tel. 622 221 0136). “Aunque el proceso sigue siendo artesanal, hoy integramos las tradiciones con los últimos avances científicos de ingeniería bioquímica”, explica Manuel Naba, uno de los tres socios de la empresa. Pero la pregunta se impone: ¿cómo ha afectado la crisis económica mundial a la producción de un artículo de lujo tan exclusivo como las perlas? “Lógicamente esta situación también se ha sentido en nuestra empresa —dice Naba—, porque las ventas han disminuido en cierta medida, aunque podemos afirmar que disfrutamos de estabilidad en la demanda. Nuestra producción es limitada, de 3,000 a 5,000 perlas por año y su calidad extrema nos garantiza un nicho en el mercado del lujo”. Pero no sólo los vaivenes de la economía amenazan el sector: el calentamiento global y la contaminación ambiental también cierran filas y ponen a prueba la estabilidad de la producción: “Los cambios climáticos producen variaciones en el proceso y en los ciclos de cosecha, cultivo y colecta de semilla. Por eso, monitoreamos permanentemente el flujo biológico”, explia Naba. La granja se encuentra en la Bahía de Bacochibampo, a salvo de las corrientes marinas más importantes del Golfo de California, los huracanes y la contaminación. Aun así, en 2003 el huracán Marty destruyó el 80% de las instalaciones y hubo que levantar de nuevo la empresa.

En cuanto a los planes futuros, “todo depende de las nuevas leyes que apruebe el Estado para proteger esta industria tan vulnerable. Sobre la base de ellas se organizará la expansión. Ahora sólo contamos con 13 empleados experimentados en esta labor artesanal y estamos condicionados por los tiempos de implante y cultivo en las ostras, que son muy lentos y pueden demorar hasta cuatro años para obtener una perla”, relata el empresario.

Esta granja, ubicada en Guaymas, localidad equidistante de Ciudad Obregón y Hermosillo, en la costa del Océano Pacífico, recibe unos diez mil visitantes por año, quienes de forma gratuita pueden recorrer sus instalaciones y sus aguas intensamente azules. “Estamos más interesados en educar al público y crear potenciales clientes que en el dinero como tal. Por eso no cobramos —explica Naba—. Queremos dar a conocer los detalles del proceso y promover el turismo verde”. Aunque a juzgar por el color peculiar de sus aguas, por el salitre que se siente en los labios y el chisporroteo del sol reflejado en las olas, en Guaymas se hace un turismo azul. El mismo nos permite descubrir todos los secretos de la creación de una gema perfecta, la perla del Mar de Cortés; inconmensurablemente bella en todos los matices del arco iris, de una redondez única, infinita en sus posibilidades de ornamentación, sensual y sugerente. Cuando el poeta José Martí le dio voz a su mora de Trípoli y le hizo exclamar el verso memorable de “¡Oh, mar! ¡Oh, mar! ¡Devuélveme mi perla!”, sin duda estaba reclamando su perla mexicana.

THE TREASURE OF GUAYMAS Pearls have been present in Mexican culture since the times of pre-Hispanic civilizations like the Aztecs and Mayans, representing power, social status and prosperity. In 1893, Mexico’s pearls became internationally known when Jose Gaston Vives established the first commercial pearl farm in the world on the coast of Baja California Sur. The company employed more than 1,000 workers and harvested up to 10 million oysters before being destroyed by the Constitutional Army in 1914. After subsequent years of abusive fishing and epidemics, official researches have indicated that the region is completely recovered. Sea of Cortez Pearls, which opened 10 years ago, is continuing the tradition with new, strict ecological policies and high-tech production facilities. The only farm in North and South America, it grows some of the purest gems in the world. Visitors can take free tours of the farm and witness the fascinating process of hand-cleaning the oysters, “seeding” them with an implant (usually made of plastic) that will perfectly shape the pearl and collecting the pearl after 18 to 24 months of being covered with nacre inside the oyster. “We want to promote a green tourism in the area and allow people to learn this natural phenomenon,” says Manuel Naba, one of the founders.

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